Articulo original : https://rorate-caeli.blogspot.com/2026/06/archbishop-of-sydney-restore-kneelers.html
Traducido por Elisa Hernández

De la carta pastoral escrita por el arzobispo Anthony Fisher, OP, de Sídney (Australia), con motivo de la festividad del Corpus Christi:
ADORAR AL SEÑOR EUCARÍSTICO:
«ARRODILLÉMONOS ANTE EL DIOS QUE NOS CREÓ» (Sal 94, 6):
Carta pastoral a los sacerdotes, religiosos y fieles de la archidiócesis de Sídney
7 de junio de 2026
«Fuente y culmen de la vida cristiana»: así describió el Concilio Vaticano II la Eucaristía (Lumen Gentium, 11), y así lo ha creído la Iglesia desde el principio. En esta gran solemnidad del Corpus Christi de 2026, y mientras esperamos con ilusión el Congreso Eucarístico Internacional que se celebrará en Sídney en 2028, celebramos ese misterio del que la Iglesia extrae su vida (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1): que, bajo los sencillos signos del pan y el vino, el Señor Jesús nos da Su carne y Su sangre, Su cuerpo y Su alma, su humanidad y Su divinidad, todo lo que Él es, todo entregado por nosotros.

Pero, ¿qué significa que Dios se comparta con nosotros? Comparte su amor con nosotros, para que podamos estar en comunión con el Dios trino y con sus santos; así nos capacita para amar y servir a nuestras familias y amigos, a nuestros semejantes e incluso a los desconocidos. Comparte su vida con nosotros, al experimentar cómo Él mueve nuestros corazones, nos estimula y fortalece, nos convierte y nos consuela; así moldea nuestro carácter, concediéndonos la gracia de ser más y hacer más de lo que jamás podríamos por nosotros mismos. Comparte su verdad con nosotros, al percibirlo en la creación y recibirlo en la revelación; así, su sabiduría ilumina nuestras mentes, dirige nuestras voluntades e inspira nuestras acciones, incluida nuestra misión para con la humanidad.
Dios comparte con nosotros su amor, su vida y su verdad. Pero no somos solo espíritus, mentes o voluntades. Somos seres corporales. Y así, Dios que quería compartirlo todo con nosotros, se hizo carne (Jn 1, 14), participando en todos los aspectos de nuestra vida corporal humana, excepto en el pecado (Heb 4, 15), y ofreciéndose a nosotros no solo como una idea, un sentimiento o una inspiración, sino como una persona a la que podemos recibir incluso corporalmente.
Él derrama su gracia sobre nosotros y la infunde en nuestras almas mediante las aguas del Bautismo, la unción con el santo óleo de la Confirmación, la unión de una sola carne en el santo Matrimonio y, de manera eminente, mediante la Sagrada Eucaristía, en la que recibimos en nuestros cuerpos y almas el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Cristo.
La vida litúrgica es aquella que implica a la persona entera a través de todos los sentidos. Vemos lo sagrado en la belleza de las acciones litúrgicas, en el arte y la arquitectura de las iglesias, en la contemplación del Cordero de Dios en la Misa o en la Adoración Eucarística. Oímos lo sagrado en la Palabra de Dios proclamada y predicada, en las oraciones litúrgicas, en los salmos y cantos sagrados. Tocamos lo sagrado en el agua que se nos asperge, en el sacramento que se deposita sobre nuestra lengua. Percibimos lo sagrado en el incienso ofrecido como oración y adoración, en el crisma perfumado, en el pino de Navidad y en las palmas de Semana Santa. Gustamos lo sagrado en el pan convertido en el cuerpo de Cristo y en el vino convertido en Su sangre.
Todos nuestros sentidos participan en la liturgia, y también nuestro cuerpo: nos ponemos de pie, nos sentamos, nos inclinamos, caminamos en procesión y nos arrodillamos.


De todas estas posturas físicas, arrodillarse es la que revela con mayor claridad lo que creemos acerca de Dios y nuestra relación con Él.
La Iglesia nos invita a hacer una genuflexión, si nos es físicamente posible, en dirección al Santísimo Sacramento al entrar en la iglesia antes de ocupar nuestro lugar, y nuevamente al salir de ella, como acto de reverencia a Cristo presente en el Sagrario.

En Australia se nos indica que permanezcamos de rodillas durante toda la Plegaria Eucarística, cuando la Iglesia recuerda su historia y nuestro destino, intercede por muchas necesidades, ofrece el gran sacrificio de Cristo al Padre y es testigo de cómo el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Iglesia nos invita a arrodillarnos de nuevo, en adoración al «Contemplar al Cordero de Dios», en acción de gracias después de la Comunión; y durante la Adoración Eucarística y la Bendición con el Santísimo Sacramento. Asimismo se nos llama a hacer un gesto de reverencia antes de recibir la Sagrada Comunión durante la misa (GIRM 160). En la mayoría de los casos en la Misa actual (del concilio del Vaticano II), esta reverencia se expresa con una profunda inclinación o haciendo una genuflexión, aunque lo adecuado es recibir la Comunión de rodillas.


Durante muchos siglos, recibir la Sagrada Comunión de rodillas fue la práctica habitual en la Iglesia latina. Las barandillas de comunión, que todavía se conservan en muchas de nuestras iglesias, son un recordatorio de esta piadosa y reverente costumbre.



Del mismo modo, hacemos una genuflexión ante el misterio de la Encarnación al recitar el Credo en determinadas solemnidades, al recordar la muerte de Cristo durante la proclamación del Evangelio de la Pasión o al venerar la Cruz el Viernes Santo.
También podemos arrodillarnos para pedir matrimonio; para recibir la Confirmación; para la absolución sacramental; para la ordenación; para la profesión religiosa; durante las Letanías de los Santos; o para recibir ciertas bendiciones.
En el Tantum Ergo, que se canta en la Bendición del Santísimo Sacramento, santo Tomás de Aquino nos recuerda que, allí donde nuestros sentidos e intelecto fallan ante un misterio tan grande, nuestra fe y nuestros propios cuerpos deben suplir esa carencia doblando las rodillas.

(1830) Las estatuas funerarias de Luis XVI y María Antonieta – Basílica de Saint-Denis (Seine-Saint-Denis, Francia), Mármol. Escultura realizada junto con Pierre Petitot (1760-1840)
Por supuesto, las posturas de oración son, en parte, una cuestión ‘cultural’: en algunos lugares la gente se mantiene de pie o realiza profundas inclinaciones; a veces las personas tienen buenas razones para permanecer de pie o sentarse en su lugar. Pero, al menos en el cristianismo occidental, ha sido costumbre durante los últimos 1500 años arrodillarse siempre que sea posible para la oración privada y, durante el último milenio, para la oración pública.
Algunas personas consideran que arrodillarse es algo degradante: el servilismo propio de un esclavo, una señal de desesperación, de penitencia o incluso de desprecio hacia uno mismo. Lo ven como algo impropio de los hijos de Dios o incompatible con la mentalidad moderna de «no inclinarse ante nadie». Quizás por esta forma de pensar se retiraron los reclinatorios de los bancos y de los confesionarios en algunas iglesias, e incluso se llegó a indicar a los fieles que no se arrodillaran.






(Nota : Estas fotografías no forman parte del artículo original; se incluyen únicamente con fines ilustrativos.)
Sin embargo, arrodillarse tiene una historia para nosotros. En las Escrituras, arrodillarse significa mucho más que penitencia. Moisés se postró ante la zarza ardiente (Éx 3, 1-6). Salomón se arrodilló en la consagración del Templo (1 Re 8, 54; 2 Cr 6, 13). Daniel se arrodilló para orar en la intimidad de su habitación (Dan 6, 11). Los Reyes Magos se postraron ante el Niño Rey (Mt 2, 11). Y el salmista nos llama a todos a hacer lo mismo: «Entrad, postrémonos y inclinémonos; arrodillémonos ante el Dios que nos creó» (Sal 95, 6).

En el Nuevo Testamento, arrodillarse ante Jesús es algo habitual y jamás es considerado algo indigno. En la mayoría de los casos es una postura de súplica, especialmente para pedir sanación: el leproso o la mujer con hemorragia que buscan sanación (Mc 1, 40; 5, 33; cf. Mt 15, 30), el padre que suplica por su hijo o el funcionario por su siervo (Mc 5, 22; 7, 25; Lc 8, 41; cf. Hch 9, 40), María afligida por la muerte de su hermano Lázaro (Jn 11, 32). A veces es un gesto de acción de gracias, como cuando el leproso agradecido regresó y se arrodilló ante Cristo (Lc 17, 16); la palabra que utiliza san Lucas allí es εὐχαριστῶν, de la que deriva nuestra palabra «Eucaristía».
Arrodillarse es también una expresión de reverencia y adoración, como en el caso de Pedro tras la pesca milagrosa (Lc 5,8), o de los discípulos en la Transfiguración (Mt 17,6; cf. Jn 18,6), o de la mujer que ungió los pies de Jesús (Lc 7,38 y ss.; Jn 11, 2; 12, 3 y ss.), o aquellos que se encontraron con el Señor resucitado (Mt 28, 9). San Pablo resume esta reverencia hacia Cristo en su Carta a los Filipenses: «Para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en el cielo, en la tierra y bajo la tierra» (Fil 2, 10).

Fotos de la Peregrinación París-Chartres 2025 (en Francia)


La noche antes de su Pasión, Jesús nos dio ejemplo de una genuflexión eucarística al arrodillarse para lavar los pies de sus discípulos (Jn 13, 1), y tras habernos dado todo de sí mismo en la Eucaristía, salió a la oscuridad para orar, arrodillándose angustiado (Lc 22, 41) y pidiendo a sus discípulos que velaran una hora con él (Mc 14, 37).

Cuando «dedicamos una hora santa» a orar ante el Santísimo Sacramento, o al menos unos minutos santos, nos arrodillarnos como expresión evangélica de acción de gracias y confianza, adoración y reverencia, penitencia y necesidad, y simple compañía con Jesús.
En esta solemne fiesta del Corpus Christi, y como preparación para el Congreso Eucarístico Internacional, lanzo un reto a todo nuestro clero, religiosos y laicos fieles:
Asistir asiduamente a la misa
Prepararse bien para la misa mediante la confesión, observando el ayuno eucarístico de una hora, la oración en silencio antes de la misa y la atención al propio corazón durante el rito penitencial.
Dar gracias dignamente después de la misa.
Encontrar tiempo y entusiasmo para adorar al Señor Eucarístico tanto durante la misa como fuera de ella.

Participar en las devociones parroquiales y arquidiocesanas, como la adoración, la bendición y las procesiones.
Reflexionar sobre cómo podéis poner en práctica y compartir con el mundo exterior lo que habéis recibido en la Eucaristía.
También pido a nuestro clero parroquial:
Que sea generoso a la hora de abrir nuestras iglesias durante más horas cada día, tal y como solicitaron nuestros fieles en el reciente Sínodo de Sídney.
Que ofrezca al menos una hora santa cada semana en cada parroquia, y que colabore con las parroquias colindantes para aumentar la disponibilidad de oración ante el Santísimo Sacramento, incluyendo una capilla de Adoración Perpetua en cada decanato.

Reflexionar con vuestra comunidad sobre otras formas en las que podamos fomentar un espíritu más orante, centrado en Cristo y misionero en nuestros corazones, nuestros hogares y nuestras parroquias.
Restablecer los reclinatorios en todas las iglesias donde falten.
Enseñar a los fieles las posturas adecuadas tal y como se establecen en las rúbricas de la liturgia y animarlos a adoptarlas en el culto y en la oración privada, de modo que nuestros cuerpos apoyen y expresen lo que hay en nuestros corazones en sus actos de devoción.
Nos arrodillamos en adoración o acción de gracias, para suplicar misericordia y sanación, pero Dios no nos deja de rodillas indefinidamente. Él nos levanta y nos envía. Isaías se arrodilló con reverencia ante el trono de Dios y oyó las palabras: «¿A quién enviaré?»; entonces, para su propio asombro, se encontró respondiendo: «Aquí estoy, Señor, envíame» (Is 6, 8). Pedro se postró ante el Señor y se le dijo: «No temas; de ahora en adelante serás pescador de hombres» (Lc 5, 10). En Emaús, los dos discípulos reconocieron al Señor en «el partimiento del pan» e, inmediatamente después de aquella Eucaristía, se levantaron y regresaron a Jerusalén para proclamar a Cristo resucitado (Lc 24, 30-35). En la Ascensión, los discípulos se postraron en adoración ante Cristo y se les dijo que se levantaran y se pusieran en marcha: «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28, 16-20).
La adoración y la misión están indisolublemente unidas; la oración eucarística y una vida eucarística van de la mano. Nos arrodillamos para reconocerlo y luego nos levantamos para darlo a conocer. Señor, concédenos la gracia de recibirte con reverencia, adorarte verdaderamente y servirte con el corazón renovado.



Con mis bendiciones en esta hermosa festividad,
Suyo en Cristo, Nuestro Señor Eucarístico.

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