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por Christian Lassale — 16 de junio de 2026 – Traducido por Elisa Hernández

El cardenal Pie. Un defensor de los derechos de Dios.
“Es derecho de Dios mandar tanto a los Estados como a los individuos”.

Abad Gonzague Peignot,
Superior del Distrito de Francia
El 15 de marzo de 1859, Napoleón III recibió en audiencia privada a Monseñor Louis-Edouard Pie, obispo de Poitiers. El emperador se encontraba entonces en la cúspide de su poder, al frente de un Estado próspero y respetado. Animado por el nacimiento del príncipe imperial unos años antes, albergaba la esperanza de fundar una dinastía duradera.
Monseñor Pie tenía fama de ser un teólogo eminente, además de un profundo conocedor de los Padres de la Iglesia. Respetuoso con el poder, era plenamente consciente de las dificultades inherentes a la acción política. No se le podía considerar ni un ideólogo desconectado de la realidad ni un “exaltado” que exigiera lo imposible; al contrario, comprendía perfectamente las dificultades propias del ejercicio del poder.
Napoleón III interrogó entonces a Monseñor Pie en estos términos:
«¿No he demostrado ya suficientemente mi buena voluntad hacia la religión [católica]? ¿Acaso la propia Restauración hizo más que yo?».
Hay que reconocer que, hasta entonces, el emperador había multiplicado las atenciones y las medidas favorables a la Iglesia.
El obispo respondió sin rodeos.
«Me apresuro a devolver a Su Majestad sus disposiciones religiosas, y sé reconocer, Señor, los servicios que ha prestado a Roma y a la Iglesia, especialmente en los primeros años de su gobierno. Quizá la Restauración no haya hecho más que usted. Pero permítame añadir que ni la Restauración ni usted han hecho por Dios lo que había que hacer, porque ninguno de los dos ha restablecido su trono. »
Y el obispo añadió una exposición que constituye una importante lección sobre la importancia de una política cristiana, en la que expuso su gran tesis sobre las relaciones necesarias entre la religión y los gobiernos, y los fundamentos del reinado de Nuestro Señor Jesucristo en la sociedad. Concluyó su discurso así:
«Es derecho de Dios gobernar tanto a los Estados como a los individuos. Nuestro Señor Jesucristo no vino a la tierra para otra cosa. (…) Jesucristo debe reinar en la tierra inspirando las leyes, santificando las costumbres, iluminando la enseñanza, dirigiendo los consejos y regulando las acciones tanto de los gobiernos como de los gobernados. (…] Allí donde Nuestro Señor Jesucristo no ejerce ese reinado, hay desorden y decadencia».
La neutralidad del Estado no es, de hecho, a sus ojos más que un ateísmo encubierto.
Ante tal exigencia, Napoleón III invocó el pragmatismo: ¿permitía la segunda mitad del siglo XIX establecer ese reinado exclusivamente religioso? ¿No se corría el riesgo de desatar pasiones contrarias?
¿Acaso la historia no aboga, por otra parte, por la paciencia?
Efectivamente, si bien Constantino concedió la libertad a los cristianos ya en el año 313, hubo que esperar aún setenta años para que Teodosio I proclamara oficialmente el Imperio cristiano.
¡Cuánto más resuena en nuestros oídos esta aparente objeción 150 años después!
En un mundo impregnado de liberalismo, multicultural y multiconfesional, moldeado por la tecnología, puede parecer ilusorio esperar de los actuales jefes de Estado —ya sea Trump en Washington, Putin en Moscú o Xi Jinping en Pekín— el establecimiento inmediato y sin demora del Reino de Cristo Rey.
En cuanto a nosotros, no nos corresponde dictar los pasos concretos ni sustituir a los políticos en su responsabilidad propia de conducir a los pueblos hacia el bien común y la salvación eterna.
Sin embargo, la pregunta planteada por el emperador no quedó sin respuesta y las palabras de Monseñor Pío son de lo más instructivas. Admitió sin concesiones la autonomía de acción de los hombres de Estado en su ámbito específico del bien común de la sociedad.
Pero, si bien reconoció que la acción política necesita tiempo y estabilidad para dar sus frutos, objetó, no obstante, que no podía encontrar esa perdurabilidad al margen del orden divino.
Al negarse a tender hacia el Reino de Cristo, el poder se priva, en definitiva, de su propio fundamento.
La sentencia final del obispo resuena entonces como una ley histórica:
«Señor, cuando grandes políticos como Su Majestad me objetan que aún no ha llegado el momento [de trabajar por el Reino de Cristo], no me queda más que inclinarme, porque yo no soy un gran hombre de Estado».
Pero añadió:
«Si no ha llegado el momento de que Jesucristo reine, entonces tampoco ha llegado el momento de que los gobiernos perduren».
Abad Gonzague Peignot.

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