Artículo original : https://remnantnewspaper.com/web/index.php/headline-news-around-the-world/item/7045-ugliness-is-part-of-the-state-religion-of-the-tyrannical-pluralist-west
Por Roberto Pecchioli, Periódico The Remnant, jueves, 15 de febrero de 2024, Traducido por Elisa Hernández

Según la mentalidad actual, el orden de las cosas se basa en «nada». Más bien, el orden de las cosas simplemente no existe. «Nada» sustenta lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello. Por primera vez en la historia, la anormalidad es la base de la normalidad.
Introducción de John Rao: El hecho de que el culto a la divinidad que llamaríamos «Fealdad» se haya convertido en parte de la tiránica Religión de Estado de Estados Unidos y del Occidente pluralista en su conjunto ha sido central en mi trabajo del último año. Este culto significa el fin de toda la civilización occidental. Lo hace porque esa civilización, en su sentido más amplio, inició su camino a través de la historia con la toma de conciencia por parte de los antiguos griegos de que sólo podrían encontrar el sentido de la vida, y luego llevar ese sentido personalmente a buen término, si podían descubrir en qué consistía «Lo Bello» y cómo podían obtenerlo. La Iglesia católica apreció esta búsqueda natural, pero dejó claro que sólo la pertenencia al Cuerpo de Cristo podía completar lo que los griegos habían comenzado, siendo la consecuencia final la posesión eterna de lo Bello con la Visión Beatífica.
Nuestros Tiranos, los «Amos de los que Saben» globales, han añadido el insulto a la injuria arraigando su culto a la Fealdad en el abandono de todo marco para obtener conocimiento de la realidad, tanto sobrenatural como natural. Lo hacen mientras siguen teniendo la audacia de exigir nuestro asentimiento a su afirmación de que ellos y sólo ellos han asegurado el reinado de la Libertad Individual, la Igualdad, la Fraternidad Democrática y, de hecho, incluso la Belleza que su divinidad también pisotea. No les basta con pegar en los escaparates de los grandes almacenes modelos de hombres y mujeres groseramente deformados y mutilados vestidos con prendas que desean endilgar a la plebe. Esperan que nos desmayemos ante ellos y que sigamos considerándolos «bellos». Su ídolo exige de nosotros este sacrificio junto con el rechazo total de la Ley Divina y Natural. Desgraciadamente, la consecuencia final de su caza por la posesión de lo Feo – que sin embargo sigue siendo identificado como Bello – es la vida eterna en el Infierno.
Por mucho que quisiera escribir yo mismo este artículo, esta mañana encontré por casualidad otro en un blog italiano, el de Maurzio Blondet (Maurizio Blondet & Friends), que decía básicamente lo que yo ya quería decir. Así pues, cedo la tribuna a su autor, Roberto Pecchioli, en mi traducción, un tanto rebuscada. – J.R.
Fenomenología Woke. La fealdad en el poder.
9 de febrero 2024
Nos encontramos con un libro antiguo sobre las condiciones laborales. Es un recuerdo de mi padre, impresor formado en el colegio salesiano. Entre fotografías amarillentas y un atisbo de ternura que se siente por el mundo de antaño, una cosa nos llamó la atención de manera penetrante: la dignidad personal de la vestimenta, de la postura, incluso la mirada de nuestros padres. Eran personas pobres y sin embargo orgullosas, pulcras y correctas en el vestir, portadoras de una dignidad y un orden, tanto exterior como interior, que nosotros hemos perdido. La comparación con el presente es devastadora y el escritor, llegado al umbral de la edad seria, llora a los más jóvenes, destinados a convivir con la decadencia.
La fealdad ha progresado de forma espectacular, sobre todo desde el momento en que el wokismo se transformó en la Religión de Estado.
El sucio mundo contemporáneo lo es desde muchos puntos de vista, y el movimiento descendente hacia la fosa es cada vez más rápido. En los últimos años el radicalismo de los «despertados » lo ha distorsionado todo. Se nos ha impuesto la fealdad; la fealdad se ha convertido en un programa de vida. Esta es la conclusión evidente de un proceso de deconstrucción de la realidad, negación y cancelación que ha privado de sentido a la existencia. Ya no son viajeros, sino nómadas sin destino, sin centro, sin equipaje. Lo llaman –con orgullo – autonomía del sujeto. El resultado es un descuido visible incluso en la forma de andar y en la postura, en ropa hecha de pantalones rotos, camisetas con imágenes horrendas o aterradoras, escritas – estrictamente en inglés – vulgares o estúpidas.
El entorno que nos rodea se ajusta perfectamente a la humanidad arruinada que deambula por él: edificios feos, paralelepípedos, cubos de varios colores o de ninguno, paredes y trenes pintarrajeados con todo tipo de garabatos – lo llaman «Street art” (arte callejero), street art, dicen, porque las palabras y los conceptos deben ser arrastrados en globish (por Global e inglés). Es natural que las ideas y las visiones del mundo sean lo que son. Existe una fenomenología real del «quinto poder», la plebe (¿cómo llamarla si no?) con un modelo unificado, progresista, wake , individualista, tatuado y vulgarizado. Los más tontos llegan incluso a profanar o destruir el arte por motivos «ecologistas». El predominio de los cretinos se convierte en dictadura y finalmente en nihilismo.
Según la mentalidad actual, el orden de las cosas se fundamenta en «nada». Más bien, el orden de las cosas simplemente no existe. «Nada» sustenta lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello. No es éste el lugar para esbozar sus orígenes ideológicos, sus fuentes «culturales». Sin embargo, la reconfiguración antropológica se produjo con una dirección precisa, cuyo resultado es la anomia, la ausencia de normas, el peligro contra el que advirtió Emile Durkheim, padre de la sociología. Una anomia reclamó, ostentada como un trofeo, la victoria de la Nada. Para Foucault, “la norma última es la norma de la ausencia de normas, la norma de lo anormal”.
Por primera vez en la historia, la anormalidad establece la normalidad. «Lo anormal, lo desviado se transforma en la piedra angular del mundo. En todos los campos. Incluso en el del arte convertido en no-arte, en el que la fealdad y la insignificancia se transforman en el pilar que, no se sabe por qué, se sigue llamando belleza. Incluso en el campo de la sexualidad (o del género) lo que se intenta imponer como norma es la anormalidad de la transexualidad y de la homosexualidad, que no es ni puede constituir la norma, la pauta». (J. Ruiz Portella).
«Los despiertos, los despiertos narcotizados, los adictos a la Nada, quieren cancelarlo todo, abolirlo todo».
Ésta es la razón por la que el loco, el prisionero, el «condenado de la tierra» de Frantz Fanon -el desviado que en la ideología de género toma la forma del transexual – constituye el paradigma invertido de lo bueno y lo bello, de lo justo y lo verdadero. Contrariamente a las apariencias, a pesar de lo que nos hacen creer los nihilistas que todo ponen en duda y todo lo derriban, lo que intentan imponernos no es la Nada de una «libertad» líquida, disuelta en la arena. El objetivo es la imposición de un orden más severo que todos los órdenes del pasado. A pesar de las apariencias, el régimen libertario liberal es ferozmente despótico, basado en la pretensión de fundar el mundo sobre la ausencia de cualquier principio que no sea la libertad «absoluta», libre de restricciones y límites. La engañosa y falsa libertad que conduce inevitablemente a la norma de lo anormal.
La fenomenología – incluso la fisonomía – del universo woke es un triunfo de lo feo, lo deforme, lo deformado, lo extraño, lo absurdo y lo invertido. En el momento en que lo anormal y lo desviado se convierten en norma, sucede algo nunca visto en la historia. Cuando se establece el criterio delirante según el cual la base de lo normal es lo anormal, de la sabiduría la locura y de la belleza la fealdad, los fundamentos más elementales de la existencia se derrumban.
Fealdad; es precisamente esto. Es la fealdad. Nunca antes se había visto gente tan ostentosa y políticamente fea. La razón ? Para ellos – para quienes los mandan y adoctrinan – la fealdad es un proyecto político, exhibido como la bandera negra de los piratas. El símbolo de quienes no tienen bandera y viven para pisotearlas a todas. François Bousquet escribe que en Estados Unidos – cráter y motor del Imperio del Inverso – «la fealdad ha progresado de forma espectacular, sobre todo desde que el wokismo se transformó en la Religión de Estado. “Los despiertos, los despiertos narcotizados, los adictos a la Nada, quieren cancelarlo todo, abolirlo todo. Para Bousquet, la ideología woke es la unión “del señor feo y la señorita fea; sin embargo, como los woke son bastante susceptibles en cuanto a la historia de la no binaridad, es mejor recurrir a la escritura inclusiva, y así digamos que constituyen el matrimonio de* Sr.* Feo*.

No necesitan exponer su agenda: lo llevan en la cara como una provocación a la madre naturaleza. Basta con mirar sus fotografías, tropezar con una de sus manifestaciones, encontrarse en un lugar que frecuentan para tener ante los ojos un museo de los horrores. Feos, generalmente sucios (lavarse pocas veces es un nuevo mandamiento ecologista), malos o mezquinos, agresivos. Algunos se parecen a las calabazas de Halloween, a las que se han acostumbrado desde la infancia. Muchos exhiben rasgos andróginos combinados con negligencia física y conductual.
Las cosas son; existen. Están llenas, radiantes de sentido y envueltas en misterio, en esa conjunción de luz y oscuridad sin la cual no existiría ni el mundo, ni el ser, ni la belleza, ni el arte, ni el sentido.
Predominan los cabellos teñidos de colores antinaturales: verde chillón, rosa fluorescente, naranja, el violeta obscuro de la ira amarga en la que están empapados. Hacen pensar en la máscara del Joker, en el personaje de los cómics de Batman con su risa histérica y sus muecas horrendas, en los grotescos protagonistas de espectáculos ambulantes de tiempos pasados, en la mujer bala de cañón, la barbuda o el tragafuego de Pinocho. Nada que ver con la salvaje dignidad de Queequeg, el arponero de Moby Dick, el gigante tatuado hijo de un jefe tribal que abandonó a su pueblo para visitar el mundo, inseparable de Yojo, un pequeño ídolo al que venera como a una divinidad.
En la nueva versión del cuento de Blancanieves, odiado por Paola Cortellesi, el último icono progresista , la madrastra ha tomado el poder y ya no pregunta al espejo si es la más bella. “Espejo en la pared, dime, ¿quién es el más feo de todos?” La propia Blancanieves pronto será prohibida. Ella es blanca, heterosexual, el príncipe que la besa no le pide permiso y horror de los horrores…ambos son increíblemente guapos. Lo que el espíritu woke quiere destruir es el último dique que permite la desigualdad: la belleza. Por eso, estamos asistiendo a la deconstrucción de la belleza, junto con su deslegitimación y profanación. Los woke perciben la belleza como agresión y ofensa. Lo que el último Hombre Cero Punto Cero debe considerar estimable es la degradación de su naturaleza hasta el punto de la degradación final.
Quizás la verdadera lucha de clases no sea entre ricos y pobres, sino la guerra de mil años librada por los poéticos, los refinados, los nobles y los caballeros contra la clase dominante de los groseros y los vulgares; la guerra de los caballeros contra los porquerizos; la lucha entre quienes sostienen las columnas del templo y quienes las profanan y destruyen. ¿Estamos exagerando? No, nos limitamos a observar un fenómeno de fealdad, degradación, descomposición que se produce ante nuestros ojos y cambia el panorama que nos rodea.
La fenomenología woke, junto con la fealdad, tiene que ver con una agresividad y un activismo crudos, triviales y enemigos del verdadero diálogo; pasa por encima de toda conducta social correcta, privada y pública. Los rasgos físicos descritos parecen corresponder a determinados rasgos comportamentales, a una tipología psíquica específica. Nos convertimos en Woke , presas del virus mental del «despertar» que resetea y reconfigura cuerpo y alma. La especificidad más común es la petulancia, absoluta, indestructible, arrogante ante todas las opiniones contrarias. De la petulancia surge la ausencia cuestionamiento personal, de diálogo interno. No hay señales de que la persona despierta intente comprender a nadie que no lo sea. Eso genera una ira perpetua que lleva a la disputa a hostilidades expresadas de cualquier forma en cualquier ocasión. Es común la actitud de quemar lazos con amigos y familiares de diferentes opiniones.
Reina el desprecio por toda hipótesis trascendente, acompañado de un crudo nihilismo, convencido de que todo es inútil, sin sentido, actitud expuesta con una presunción revestida de superioridad. Los woke tienden a negar o distorsionar cualquier verdad. En la discusión, cuando se rebajan a ella, habiendo agotado los argumentos, fácilmente pasan al ataque personal. El odio por el pasado adquiere rasgos patológicos. Todo está atravesado por el egocentrismo propio de quienes están convencidos de poseer la verdad. En realidad, suele ser un síntoma de ansiedad y baja autoestima, efecto del vértigo nihilista.
Pedimos a la horrible generación woke que no sucumba al engaño que los rodea. Anularlo todo, hacer tabula rasa, juzgarlo todo con el criterio cambiante de hoy, los convierte en objetos a la deriva.
La degradación que conduce primero a la ausencia de dirección y luego a la insensatez generalizada, necesita ser colmada de alguna manera, para no hundirse por completo. De ahí la persistencia de las apariencias democráticas, la exigencia de libertades abstractas, una voluntad de poder derribada (¡voluntad de impotencia!) centrada en el odio a uno mismo, la eliminación de todo pasado, el resentimiento hacia la excelencia y la belleza, las comparaciones insostenibles, odiosas y odiadas. En el caos de la anomia, de la fluidez que se ha vuelto gaseosa, en la guerra de todos contra todos, por encima de la fealdad física e interna del universo woke, todo está dominado por la ley del más fuerte. Es una jungla dominada por un único amo, el dinero.
Ese mundo sin sentido, privado de cualquier punto central, juega con cartas falsas marcadas. Es el engaño invisible, o peor aún, que finalmente se acepta, el que lleva a los woke a arrojarse al barranco construido por quienes realmente dirigen el juego sobre las cabezas de generaciones inconscientes: sus amos ideológicos y oligárquicos. El programa de la fealdad, el paradigma de la vulgaridad, la presión que apunta a la anulación de todo, la fascinación vertiginosa por el abismo, convierten en víctimas a demasiados ingenuos. Víctimas, ante todo, de su propia victimización, evidentemente.
La indeterminación, un mundo construido sobre la base de ser contrario a la realidad, no pueden sobrevivir. La lógica de las cosas no es fundirse, borrar como se borra un dibujo de arena en la orilla del mar. Las cosas son; existen: plenas, radiantes de sentido y envueltas en misterio, en esa conjunción de luz y oscuridad sin la cual no existiría el mundo, ni el ser, ni la belleza, ni el arte, ni el sentido.
Pedimos a la horrible generación woke que no sucumba al engaño que los rodea. Anularlo todo, hacer tabula rasa, juzgarlo todo con el criterio cambiante de hoy, los convierte en objetos a la deriva. El pensamiento negativo, hijo del gran rechazo prescrito por Herbert Marcus (a quien quizás ni siquiera conozcan porque él también es hijo de ayer) conduce a mil callejones sin salida. Están pasando por todos ellos: el odio a ustedes mismos, las dependencias de las cosas externas, la incapacidad de creer en algo, la aversión por los que tienen fe en una causa o en un sistema de valores, el consumo de ustedes mismos que distorsiona, la ansiedad que eleva el listón de lo que creen que hay que desear para ocultar el vacío que los devora, que ocupa toda su vida y que los esclaviza. La fealdad es una cruz, no una agenda.
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