El Sagrado Corazón y el Vaticano II: por qué los católicos deben oponerse la revolución contra la Misa

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Articulo original : https://www.remnantnewspaper.com/sacred-heart-vatican-ii-revolution-mass

Por: Robert Morrison11 de junio de 2026 – Traducido por Elisa Hernández

Debe hacerse reparación.

El Sagrado Corazón de Jesús llama a los católicos a hacer reparación por los ultrajes cometidos contra Él en el Santísimo Sacramento. Pero ¿qué sucede si algunas de las ofensas más graves no provinieron de fuera de la Iglesia, sino de su interior? Apoyándose en las advertencias del cardenal Ottaviani, del arzobispo Lefebvre, de Michael Davies y del P. Raymond Dulac, este artículo examina la revolución del Vaticano II y su devastador impacto sobre la fe en la Eucaristía.

«¿Acaso Aquel que quiso dar a los hombres el tesoro de su Cuerpo y de su Sangre habría dejado de darles al mismo tiempo la misión y la fortaleza para defenderlo? No lo dudéis: el destino de la Misa católica está hoy en nuestras manos». (P. Raymond Dulac, octubre de 1969, En defensa de la Misa romana, p. 162)

El P. John Croiset fue director espiritual de santa Margarita María de Alacoque y escribió La devoción al Sagrado Corazón en 1691, un año después de la muerte de la santa. En el capítulo del libro dedicado a los motivos y disposiciones con que debemos practicar la devoción al Sagrado Corazón, el P. Croiset comienza con las siguientes palabras:

«Puesto que la santidad y el mérito de nuestras acciones dependen del motivo que nos mueve a realizarlas y del espíritu con que se llevan a cabo, la práctica de esta santísima devoción al Sagrado Corazón no producirá sus frutos propios si no está animada por el motivo que le es esencial. Este motivo, como ya se ha explicado, consiste en reparar, en la medida de nuestras posibilidades, mediante nuestro amor, nuestra adoración y toda clase de homenajes, todas las indignidades y ultrajes que Jesucristo ha sufrido a lo largo de los siglos y que sigue sufriendo cada día de manos de hombres impíos en la Santísima Eucaristía. Con este espíritu y estos sentimientos debemos realizar las prácticas que aquí se proponen». (p. 167)

“Desde hace sesenta años, el Vaticano ha venido promoviendo abusos contra el Santísimo Sacramento, añadiendo cada día montañas de ofensas al Sagrado Corazón de Jesús.”

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Quizá resulte fácil pensar que los ultrajes contra el Santísimo Sacramento son un mal relativamente reciente, pero vemos que el P. Croiset ya hablaba de los ultrajes «diarios» que Jesús sufre a manos de hombres perversos. De hecho, más adelante, en su capítulo sobre los motivos para practicar esta devoción, identifica el primer sacrilegio cometido contra Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento:

«Después de haberlo hecho todo por nosotros y de habernos dado todo para mostrarnos cuánto nos ama, nos dio Su propio Cuerpo y Su propia Sangre; se nos entregó a Sí mismo, entero y completo, en el Santísimo Sacramento del altar; y si hubiera tenido algo mejor o más precioso, también nos lo habría dado. No hay lugar que le repugne, ni hombre, por miserable que sea, que le disguste; ni tiempo que le obligue a aplazar su don. Sin embargo, esta maravillosa condescendencia, este don prodigioso, este amor inmenso que ha llenado de admiración al cielo y a la tierra, no ha podido protegerle de la ingratitud y de los ultrajes de los hombres. La primera distribución de la Sagrada Comunión en la Última Cena fue deshonrada por el más horrible de todos los sacrilegios, y a este horrible sacrilegio le han seguido, a lo largo de los siglos, todos los ultrajes y profanaciones que el infierno ha podido inventar». (p. 168)

Por muy sagradas que sean estas palabras, parece que el P. Croiset se equivocaba tristemente al sugerir que el mundo ya había visto en el siglo XVII (en los años 1600) todos los sacrilegios que el infierno podía inventar. Desde el Concilio Vaticano II, el infierno ha desatado una categoría especial de ultrajes contra el Santísimo Sacramento, que hace que aquellos descritos por el P. Croiset parezcan casi piadosos en comparación: los ataques institucionalizados contra la Eucaristía llevados a cabo por la aparente jerarquía eclesiástica en nombre de la revolución del Concilio Vaticano II.

Los testimonios que siguen proceden de hombres que contemplaron estas ofensas inconmensurablemente graves contra el Sagrado Corazón de Jesús a medida que se producían. En su momento fueron ignorados. Si los católicos de hoy desean verdaderamente honrar al Sagrado Corazón, ha llegado la hora de tomar en serio sus palabras.

El cardenal Ottaviani estaba parcialmente ciego, pero lo vio todo en 1962

Michael Davies comenzó su obra Liturgical Time Bombs in Vatican II (Las bombas de relojería litúrgicas en el Concilio Vaticano II) con la famosa anécdota de la intervención del cardenal Ottaviani en el Concilio Vaticano II:

«Durante la primera sesión del Concilio Vaticano II, en el debate sobre la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, el cardenal Alfredo Ottaviani preguntó: “¿Están estos Padres planeando una revolución?”. El cardenal era anciano y estaba parcialmente ciego. Habló desde el corazón sobre un asunto que le afectaba profundamente: «¿Pretendemos suscitar asombro, o tal vez escándalo, entre el pueblo cristiano, al introducir cambios en un rito tan venerable que ha sido aprobado durante tantos siglos y nos es ahora tan familiar? El rito de la Santa Misa no debe tratarse como si fuera una pieza de tela que pudiera remodelarse según el capricho de cada generación»». (p. 1)

Ya en 1962, el cardenal Ottaviani veía los escándalos inevitables que resultarían de los cambios fundamentales en la Misa. Michael Davies continuó su relato de aquel momento describiendo la forma en que los Padres conciliares acogieron la profética advertencia de Ottaviani:

«Tan preocupado estaba el anciano cardenal por el potencial revolucionario de la Constitución que, al no tener un texto preparado debido a su muy mala vista, se excedió en el límite de tiempo de diez minutos para las intervenciones. A una señal del cardenal Alfrink, que presidía la sesión, un técnico apagó el micrófono, y el cardenal Ottaviani regresó tambaleándose a su asiento, humillado. Los Padres conciliares aplaudieron con regocijo…» (p. 1)

La reforma litúrgica es, en un sentido muy profundo, la clave del aggiornamento. No nos engañemos: aquí se encuentra el punto de partida de la revolución.

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En retrospectiva, el cardenal Ottaviani tenía razón, y aquellos Padres conciliares que aplaudieron aquella humillación estaban equivocados. Pero aún hay más. Como escribió el profesor Roberto de Mattei en su obra El Concilio Vaticano II – una historia no contada: «El obispo Helder Câmara vio en esos aplausos el surgimiento del “espíritu del concilio”» (p. 220). En el otro extremo des espectro, el arzobispo Marcel Lefebvre describió el incidente de la siguiente manera:

«Me avergoncé de los obispos que se comportaron de manera tan deplorable hacia uno de los mejores entre ellos. Esas cosas son como una maldición. Están ciertamente en el origen de la ceguera que ha alcanzado hoy a tantos obispos. ¿Cómo se podía creer en la presencia del Espíritu Santo en tales condiciones?» (Vatican Encounter, p. 63)

Tanto el obispo Câmara como el arzobispo Lefebvre tenían razón: la vergonzosa humillación de una de las verdaderas voces de la Tradición en el Concilio, el cardenal Ottaviani, fue tanto una maldición como la fuente del llamado espíritu del Concilio.

Como no podía ser de otra manera, uno de los primeros diagnósticos más precisos del Novus Ordo Missae procede de la denominada Intervención de Ottaviani, un estudio de 1969 sobre la nueva Misa. Los cardenales Ottaviani y Bacci escribieron lo siguiente a Pablo VI en la carta que acompañaba dicho estudio:

«Las innovaciones del Novus Ordo y el hecho de que todo lo que es de valor perenne ocupa solo un lugar secundario, si es que subsiste, bien podrían convertir en certeza la sospecha, ya prevalente, por desgracia, en muchos círculos, de que las verdades en las que siempre ha creído el pueblo cristiano pueden ser cambiadas o ignoradas sin infidelidad a ese sagrado depósito de la doctrina al que la fe católica está vinculada para siempre. Las recientes reformas han demostrado ampliamente que nuevos cambios en la liturgia no pueden conducir a otra cosa que a una completa perplejidad por parte de los fieles, que ya muestran signos de inquietud y de un indudable debilitamiento de la fe. Entre los mejores miembros del clero, el resultado práctico es una angustiosa crisis de conciencia, de la cual nos llegan diariamente innumerables ejemplos».

En su opinión, la nueva Misa socavaría la fe de los católicos, lo que conduciría inevitablemente a mayores ofensas contra Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. Si tan solo los Padres conciliares hubieran escuchado su advertencia siete años antes…

Dado que hoy en día seguimos viendo una «creatividad» blasfema con una frecuencia alarmante, cabe preguntarse: ¿por qué el Vaticano ha seguido tolerando estos abusos durante tantas décadas?

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Lo que vio el arzobispo Lefebvre en 1986

En su Carta abierta a los católicos perplejos, el arzobispo Lefebvre describió tres fotografías del Novus Ordo Missae que se habían publicado en periódicos católicos:

Primera. «Tengo ante mí algunas fotos publicadas en periódicos católicos que representan la Misa tal como se dice ahora con frecuencia. Al observar la primera foto, me cuesta entender en qué momento del Santo Sacrificio ha sido tomada. Detrás de una mesa ordinaria de madera, que no parece muy limpia y que no está cubierta con un mantel, dos personas vestidas con traje y corbata elevan o presentan, una un cáliz y la otra un copón. El texto me informa de que son sacerdotes, uno de ellos el capellán federal de la Acción Católica. En el mismo lado de la mesa, cerca del primer celebrante, hay dos chicas con pantalones, y junto al segundo celebrante, dos chicos con suéteres. Hay una guitarra apoyada contra un taburete».

Segunda. «En otra foto, la escena se desarrolla en un rincón de una habitación, que podría ser la sala principal de un club juvenil. El sacerdote está de pie, vestido con un alba blanca al estilo de la de la comunidad de Taizé (un centro ecuménico en Francia), ante un taburete de ordeño que hace las veces de altar; hay un cuenco grande de barro y una taza pequeña del mismo tipo, junto con dos restos de velas encendidas. Cinco jóvenes están sentados en el suelo con las piernas cruzadas, y uno de ellos tocando la guitarra».

Tercera. «La tercera foto muestra un acontecimiento ocurrido hace unos años: el crucero de unos ecologistas que intentaban impedir los ensayos nucleares franceses en la isla de Mururoa. Entre ellos había un sacerdote que celebró la Misa en la cubierta del velero, en compañía de otros dos hombres. Los tres llevaban pantalones cortos; uno de ellos incluso va con el torso desnudo. El sacerdote está levantando la Hostia, sin duda en el momento de la elevación. No está ni de pie ni de rodillas, sino sentado, o más bien encorvado contra la superestructura del barco».

Estos tres ejemplos son chocantes, por supuesto. Pero el primero es probablemente más reverente que las «misas juveniles» que se celebran hoy en día en muchas parroquias. El segundo y el tercer ejemplo son extremos, pero muchos de nosotros hemos visto ejemplos mucho más atroces en todo el mundo solo en los últimos años. El arzobispo Lefebvre continuó explicando una característica común a las tres imágenes:

«Un rasgo común emerge de estas fotografías escandalosas: la Eucaristía se reduce a un acto cotidiano, en entornos ordinarios, con utensilios, actitudes y vestimentas ordinarias. Ahora bien, las llamadas revistas católicas que se venden en los puestos de las iglesias no publican estas fotos para criticarlas, sino, al contrario, para recomendarlas. La Vie incluso considera que eso no es suficiente. Recurriendo, como es habitual en ella, a extractos de cartas de lectores para expresar sus propias ideas atribuírselo directamente, afirma: “La reforma litúrgica debe ir más lejos… las mismas fórmulas de palabras repetidas una y otra vez, todas estas normas frenan la creatividad”».

Dado que hoy en día seguimos viendo una «creatividad» blasfema con una frecuencia alarmante, cabe preguntarse: ¿por qué ha seguido tolerando el Vaticano estos abusos durante tantas décadas?

Aunque Roma ha intentado durante mucho tiempo persuadirnos de lo contrario, Dios quiere que abramos los ojos y observemos la realidad en estos asuntos.

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Michael Davies sobre los cambios

En uno de los pasajes más mordaces de Liturgical Time Bombs in Vatican II, Michael Davies destacó cómo ha respondido el Vaticano a los abusos a lo largo de los años:

«Roma adoptó la táctica de poner fin a las innovaciones ilícitas convirtiéndolas en lícitas y oficiales. La comunión se daba ilícitamente en la mano: ¡que se dé en la mano oficalmente! La comunión era distribuida ilícitamente por laicos: ¡entonces nombremos a los laicos ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión! . . . La Comunión comenzó a distribuirse bajo las dos especies (la Hostia y el vino consagrado) en la Misa dominical, en abierta oposición a la legislación vaticana; la práctica fue entonces legalizada, de modo que ya no podía afirmarse que se estuviera infringiendo la legislación sobre la Comunión bajo las dos especies. La ley litúrgica fue infringida al permitir la entrada de acólitas femeninas en el santuario… así que se legalizó la presencia de acólitas femeninas, por lo que ya no se infringía la ley que solo permitía acólitos masculinos. ¡Se había restablecido la disciplina litúrgica!» (p. 57)

Aunque Roma lleva mucho tiempo intentando convencernos de lo contrario, Dios quiere que abramos los ojos y observemos la realidad en estos asuntos. Si lo hacemos, podremos discernir fácilmente que este patrón repetido de legalizar los abusos denota una total falta de respeto hacia la misa y el Santísimo Sacramento. También debemos tener presente que Roma no ha ignorado que los cambios en la Misa han sido acompañados de una notable pérdida de fe y una consiguiente falta de respeto hacia el Santísimo Sacramento. Sin embargo, en lugar de tomar medidas reales para corregir estos abusos, quienes tienen el poder de rectificar los abusos no hacen más que redoblar su apoyo en las prácticas que los generan. Podríamos sentirnos tentados a afirmar que Roma carece de una verdadera capacidad de intervención, si no fuera por el hecho de que el Vaticano ha hecho tanto para oponerse a la Misa tradicional en latín. Por consiguiente, debemos concluir que el funesto «espíritu del Vaticano II» se dedica a herir el Sagrado Corazón de Jesús mediante continuos ataques contra el Santísimo Sacramento.

Sentido católico, del Abbé Raymond Dulac

El Abbé Raymond Dulac (1903-1987) fue un Doctor en Filosofía y Teología, licenciado en Derecho Canónico, autor de varios artículos sobre los cambios litúrgicos para la revista bimensual Courrier de Rome. Entre estos artículos (publicados conjuntamente en una edición en inglés, In Defence of the Roman Mass/ En defensa de la misa romana), se encuentra uno del 10 de octubre de 1969 titulado «Los motivos de nuestra resistencia». Destaca por su sencilla y contundente voluntad de retratar la realidad tal y como se ve a través de los ojos de la fe católica. Comenzó explicando por qué escribía sobre este tema por quinta vez:

«Si volvemos por quinta vez al tema sobre la misa que Pablo VI sustituyó un buen día de abril de este año por una misa que tiene quince siglos de antigüedad, es, en primer lugar, por el bien que está en juego, pero también porque el acontecimiento, considerado en sí mismo y en su propia estructura, constituye una revelación. Es ver el corazón desnudo y palpitante de la autodemolición de la Iglesia. Los procedimientos empleados durante los últimos cuatro años para preparar imperceptiblemente a los fieles para esta Misa ambigua pueden verse ahora claramente por todas partes: en la reforma de los seminarios, las universidades, las órdenes religiosas, los libros de teología y catecismo, y la jerarquía. Quidquid latet apparebit…» (p. 159)

El Abbé Dulac estaba convencido de que todos estos cambios formaban parte de un esfuerzo por destruir la Iglesia católica. Para quienes aún conservaban la fe pura y prestaban atención a las acciones de Roma, no había otra explicación sensata.

El Abbé Dulac continuó con una afirmación que parece explicar por qué tan pocos católicos parecen comprender hoy en día las cuestiones más básicas: todas las contradicciones y disparates procedentes de Roma para promover la revolución del Concilio Vaticano II habían dejado a los católicos completamente desconcertados y, en la práctica, incapaces de resistirse a los acontecimientos malignos, incluso en 1969:

«Con una prisa difícil de explicar, los demoledores se quitaron esta vez la máscara, como si estuvieran seguros, de ahí en adelante, de la perfecta maleabilidad de los fieles a quienes habían desconcertado con su sucesión ininterrumpida de declaraciones contradictorias, promesas falsas, “experimentos”, encuestas de opinión y estadísticas, todo ello coronado por las inevitables referencias al “Vaticano II”. Pero este concilio ambiguo jamás soñó con una convulsión de tal magnitud de la liturgia». (pp. 159-160)

Esta comprensión es absolutamente esencial y, sin embargo, poco apreciada. Incluso en 1969, el Abbé Dulac podía ver que quienes lideraban la revolución estaban trabajando deliberadamente para vencer la resistencia católica natural a estos cambios impíos. «Obedeced, obedeced, obedeced», decían, incluso cuando ellos mismos desobedecían muchas de las enseñanzas fundamentales que Dios nos ha dado a través de su Iglesia. Todo esto ha dado lugar a innumerables ofensas contra el Sagrado Corazón de Jesús.

No todos los participantes en la revolución eran malintencionados, pero muchos de sus líderes más poderosos sabían que estaban derrocando a la Iglesia católica.

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Tal y como describió el Abbé Dulac, estas conclusiones no son meramente una cuestión de especulación cínica, pues contamos con las confesiones de los artífices de la revolución:

«La llamada revolución posconciliar comienza aquí. No lo decimos nosotros, sino uno de los conspiradores, Dwyer, arzobispo de Birmingham, el incansable orador del simposio ‘europeo’. «La reforma litúrgica es, en un sentido muy profundo, la clave del aggiornamento. No os equivoquéis: este es el punto de partida de la revolución» (palabras pronunciadas [por el arzobispo Dwyer] en Roma al término del Sínodo de 1967 y recogidas en el periódico La Croix (La Cruz) del 25 de octubre de 1967).» (p. 160)

Para quienes estén interesados en descubrir la verdad de lo ocurrido en el Concilio y en sus secuelas, no faltan confesiones como esta por parte de quienes lideraron la revolución. No todos los participantes en la revolución tenían malas intenciones, pero muchos de sus líderes más poderosos sabían que estaban derrocando a la Iglesia católica.

El Abbé Dulac continuó situando todo esto a la luz de la Providencia de Dios:

«Sí, la Providencia ha querido que vivamos en una época en la que estas verdades tan elementales pueden ser objeto de abuso. Pero ¿hay algún bien espiritual que el Padre de la Mentira no haya intentado incesantemente apropiarse indebidamente? ¿Debemos dejarnos atrapar en esta trampa? ¿Debemos comprometer la verdad para obedecer a una autoridad que solo conserva su poder de mando si ella misma, en primer lugar, observa la obediencia a la fe?» (p. 161)

Dios ha permitido estos males por una razón, pero sería un error imaginar que debemos mutar nuestra fe católica para seguir a los pastores que buscan llevarnos a la perdición. Por ello, no podemos simplemente seguir el mismo camino que seguiríamos en tiempos normales:

«En tiempos normales, el espíritu de infancia que recibió en el Bautismo hace que el católico se entregue a sus líderes con los ojos cerrados. Al hacerlo, sigue la doctrina de san Pablo: “Obedeced a vuestros prelados y someteos a ellos, pues ellos velan como quienes han de dar cuenta de vuestras almas” (Hebreos XIII, 17). ¡Sí, en tiempos normales! Pero, ¿qué ocurre en una época en la que aquel que debe ser la roca visible de la Iglesia se contenta con lagrimear por lo que él llama su “autorización”? ¿En una época en la que vemos a los prelados durmiendo en lugar de velar, siguiendo al rebaño en lugar de ir por delante de él y abandonando a las ovejas en lugar de dar la vida para defenderlas?» (p. 161)

Conviene recordar que el Abbé Dulac escribió estas palabras en 1969, cuando la crisis era mucho menos evidente y dolorosa de lo que es ahora. Sin embargo, ya entonces vio que la obediencia ordinaria «con los ojos cerrados» no era adecuada porque no se trataba de «tiempos normales». Cuando aquellos a quienes normalmente deberíamos obedecer están liderando los ataques contra el Sagrado Corazón de Jesús, ya no tenemos derecho a seguirlos ciegamente.

Vivimos en tiempos confusos, pero no todo es confuso. Durante sesenta años, el Vaticano ha estado promoviendo abusos contra el Santísimo Sacramento, sumando cada día montañas de ofensas contra el Sagrado Corazón de Jesús. Durante este mismo tiempo, el Vaticano ha estado persiguiendo a los católicos tradicionales, que simplemente quieren conocer, amar y servir a Dios con la mayor fidelidad posible. Solo Dios puede resolver esta desorientación diabólica. Mientras tanto, nuestro amor por el Sagrado Corazón nos exige seguir la santa sabiduría del cardenal Ottaviani, el arzobispo Lefebvre, el Abbé Dulac y Michael Davies, en lugar de la blasfema impiedad de Helder Câmara, Annibale Bugnini, Francisco y Tucho. ¡Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros!


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