Noche en Blanco en las iglesias de París: la respuesta de Thibault Barge, en honor a Dios

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Articulo original : https://www.medias-presse.info/nuit-blanche-dans-des-eglises-la-reponse-de-thibault-barge-pour-lhonneur-de-dieu/244767

por Pierre-Alain Depauw — 15 de junio de 2026 – Traducido por Elisa Hernández

Los seis católicos rodeados antes de ser detenidos. En el centro, de rodillas, Thibault Barge.

El uso profano de iglesias parisinas para el programa de la Nuit Blanche (cuya dirección artística se había dado a Barbara Butch), y la acción de unos cincuenta católicos que llevó a seis de ellos a pasar 44 horas bajo custodia policial antes de ser puestos en libertad sin cargos, siguen suscitando reacciones. Hemos recibido esta carta de Thibault Barge, padre de una familia numerosa, que fue detenido junto con su hijo mayor por haber rezado el rosario. Esta carta es una lección de fe y caridad.


Por el honor de Dios

Hace una semana, iba a pasar mi segunda noche en una celda junto con cinco compañeros por haber protestado mediante la oración contra la profanación de la iglesia de San Lorenzo, en el distrito 10 de Paris. Ahora que ya somos libres y se nos han retirado las acusaciones que pesaban sobre nosotros, he seguido las diferentes reacciones que ha suscitado nuestra acción y hoy no puedo evitar responder a ellas.

A la atención de monseñor Ulrich

Su Excelencia monseñor Ulrich, arzobispo de París, su prestigioso título y la pesada responsabilidad que conlleva le otorgan toda la gracia necesaria para cumplir plena y santamente su misión. Algún día tendrá que rendir cuentas de su gestión ante el Juez Soberano y me temo que se están acumulando graves desórdenes en su diócesis. Su silencio no le exime de culpa, del mismo modo que el avestruz que esconde la cabeza en la arena no se libra del peligro. Permitir que sus iglesias, casas de Dios, se abran para espectáculos profanos, como si fueran vulgares mediatecas, es un insulto al Santo Misterio que allí se celebra habitualmente.

Estos magníficos edificios fueron construidos por artesanos que llevaban la fe clavada en el corazón, en busca de la excelencia por honor y por deferencia hacia Dios, quien iba a tomar posesión de esos lugares. Estas iglesias han sido testigo de miles de misas, bautizos, comuniones, bodas y entierros. Estas paredes han escuchado millones de confesiones, súplicas, deseos y promesas, todas ellas dirigidas a Dios y a la salvación de las almas.

¿Cómo se puede permitir su uso como salones de fiestas, cuando las normas de la Iglesia lo prohíben con toda razón? Para mí, como católico, esto resulta totalmente incomprensible. Un pecado público exige una reparación pública. Hemos pagado con un poco de nuestra libertad la defensa de estos lugares sagrados. Por el honor de Dios y la salvación de su alma, debería reparar públicamente el uso profano de Sus iglesias, devolverles su fin primer y único, que es el culto que la criatura debe a su Creador. Se lo pido sin provocación ni animosidad, sino con la caridad de un creyente que ve a otro creyente (al menos eso espero), extraviarse.

Aprovecho estas líneas para suplicarle también que se oponga con todo el poder de su cargo y la fuerza de su fe al cambio de los vitrales de Notre-Dame; el artista y las representaciones escogidas están completamente fuera de lugar en esa joya de la Cristiandad.

A la atención del señor abad Paul Dolier, párroco de la iglesia de San Lorenzo

Habiendo sido uno de los católicos que acudieron a rezar a su iglesia el sábado 6 de junio de 2026, y posteriormente entre los que protestaron porque no podían resignarse a que su hermosa iglesia, bajo la protección de un mártir de la fe tan grande, fuera profanada, he leído con atención su comunicado. Me gustaría responder a algunos puntos del mismo.

La propuesta que se le hizo y que usted relata en su carta estaba formulada con malicia para tenderle una trampa y obligarle a aceptar lo que, según me parece, usted había rechazado en un primer momento. Habiendo perdido la costumbre de afirmar su fe, sus dogmas y sus principios en aras de una “apertura” al mundo mal entendida, la Iglesia católica contemporánea, por las decisiones de su ministro, no se ha sentido capaz de “cerrarse” al arte contemporáneo. Bastaba simplemente recordar con caridad y benevolencia que una iglesia es la casa de Dios y que esa es su única función, testimonio de la fe en las sagradas especies eucarísticas que allí se conservan.

Usted afirma que la obra era respetuosa con el lugar; invito a todos los lectores honestos a buscar las imágenes de esa “performance” y a formarse su propia opinión. Por lo que pude ver al salir de la celda, reinaba una atmósfera lúgubre y sórdida, completamente fuera de lugar en una iglesia. También destaca usted que no hubo blasfemia, como si eso autorizara de facto todo lo demás.

Por otra parte, en lo que respecta a la blasfemia, la organizadora de aquella velada ya había demostrado anteriormente que podía dar rienda suelta a ello, lo que no auguraba nada bueno sobre lo que iba a suceder en sus capillas. A la vista de los distintos espectáculos presentados, esos temores resultaron, por desgracia, plenamente justificados.

Tuve 44 horas para reflexionar sobre qué os pudo haber motivado a acoger esos espectáculos en las iglesias, y leer en vuestra carta el argumento de acoger a un público diferente no me ha sorprendido. No comparto en absoluto vuestra opinión. Efectivamente, un público diferente al de vuestros feligreses cruzó las puertas de vuestra iglesia, pero ¿qué encontraron allí? ¿Una parroquia viva, segura de su fe, que ofrece enseñanza y respuestas a las depravaciones del mundo actual? No, vieron una iglesia vacía, que había cedido su lugar a una obra profana, una iglesia relegada a los márgenes, dominada por el sonido y la imagen, tímida y temerosa, un lugar del que su legítimo dueño parecía haber sido expulsado.

Los más militantes de vuestros visitantes acudieron allí como conquistadores, no en busca de la verdad. Y los pocos curiosos que se acercaron ciertamente no vieron allí una llamada a la fe o a lo sagrado, pues ambas cosas parecían haber abandonado el lugar.

Nosotros no acudimos a defender un edificio de piedra, sino a dar testimonio de nuestra fe. No hay timidez en nosotros: hemos venido a cara descubierta, con el rosario en la mano, por el honor de Dios y de la Iglesia.

Por último, no existe ninguna dicotomía entre reclamar que las iglesias sigan siendo casas de Dios y “ocuparnos de manera concreta de quienes se cruzan en nuestro camino, en sus necesidades materiales y espirituales”.

Podéis concedernos que somos católicos convencidos y que nuestro fervor no se limita a intentar detener las profanaciones.

A la atención de los católicos sinceros

Unos cincuenta fieles para defender las casas de Dios, parece un número un tanto insignificante. Sin embargo, el torrente de mensajes y testimonios de apoyo es señal de que este letargo podría disiparse rápidamente. Si hemos podido ser el humilde instrumento del Buen Dios para despertar un poco a su rebaño, ¡Deo gratias!

Apostemos a que los próximos ataques del Príncipe de este mundo contra la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo movilizarán a un número mayor de católicos valientes, junto con algunos capellanes.

Que todos los “influencers” de la esfera católica se hagan eco de este tipo de acontecimientos, además de la excelente labor que ya realizan cada día, sin importar de quién venga la primera señal de alarma, con el fin de formar un frente común para defender el honor de Dios.

A la atención de los representantes electos, medios de comunicación o periodistas que se han dedicado a difundir calumnias, mentiras y relatos partidistas

“Mientan, mientan, que algo quedará”.

Después de habernos endilgado todos los calificativos infamantes de la sociedad moderna, después de haber inventado agresiones contra cargos electos —lo que os permitió difundir vuestras mentiras con mayor facilidad, vender algunos artículos y mantenernos entre las rejas—, resultó que, a pesar de todos los vídeos y de las personas presentes, todas esas acusaciones se vinieron abajo.

Nos acusáis de violencia, a nosotros que vinimos con el rosario. Nos acusáis de odio, a nosotros que vinimos a rezar. No es ningún odio lo que nos anima, sino un amor sincero por la verdad y la esperanza de transmitir la Buena Nueva que hemos recibido, fuente de nuestra paz, de nuestra alegría y de nuestra determinación.

Sin embargo, el rostro del odio sí estaba muy presente, aunque no por parte de los jóvenes católicos que intentaban preservar el uso litúrgico de un lugar de culto. A imagen del alcalde de Ivry-sur-Seine, que ya estaba que no podía controlar sus nervios ante un crucifijo, vuestros rostros no reflejaban realmente la tolerancia y la apertura hacia todos de la que tanto habláis. Si reaccionáis así ante un rosario o un Ave María, os aconsejo que consultéis a un sacerdote exorcista, lo que podría seros de gran ayuda.

En realidad, lo que os vuelve locos es que sentís que vuestro mundo está llegando al límite de sus contradicciones. A pesar de todos vuestros esfuerzos, se está produciendo un auténtico retorno a la fe, un antídoto espléndido para vuestra sociedad nihilista, atiborrada de antidepresivos, drogas, psiquiatras, cultura de la muerte y egoísmo.

Habláis de cancel culture, pero lo que sustenta vuestras obras y vuestros periódicos no son ni los espectadores ni los lectores, sino las subvenciones. Soñemos un poco: recortemos las subvenciones a la prensa y al arte, volvamos a la elección del público y al mecenazgo. ¿Qué quedará dentro de seis meses de vuestra esfera cultural? ¿Un plátano pegado con cinta adhesiva a una pared frente a Miguel Ángel, la obra sonora Sous la peau du ciel (“Bajo la piel del cielo”) frente a Mozart? ¿La tribuna del periódico Libération para legalizar la pedofilia frente a la libertad de expresión del periódico Rivarol? Como diría un pajarito: «¡La respuesta a esa pregunta es muy sencilla!»

Nuestra fe no es un simple barniz cultural o identitario, sino que está grabada en lo más profundo de nuestras almas. En la batalla escatológica, hemos elegido decididamente nuestro bando, que es el de Cristo. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Vosotros también estáis llamados a ello.

Thibault Barge





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