Articulo original : https://www.medias-presse.info/la-rome-conciliaire-veut-nous-declarer-schismatiques-quelle-commence-par-balayer-devant-sa-porte/245064
por Xavier Celtillos — 19 de junio de 2026 – Traducido por Elisa Hernández

La revista Tribune Chrétienne nos lo cuenta esta mañana: Roma estaría planteándose sancionar ya no solo a los obispos de la Fraternidad San Pío X, sino a todos y cada uno de sus fieles: sus setecientos sacerdotes, sus seminarios, sus obras y hasta el último de los feligreses que, domingo tras domingo, asisten a la misa de siempre en sus capillas. Permítanme responder con la serenidad de quien, en realidad, no tiene nada que perder en este asunto.
Una sanción que no sanciona nada
Quieren hacernos temblar ante una declaración canónica. Pero ¿de qué se trata, si no de constatar por escrito lo que la propia Roma nos reprocha desde 1988: rechazar ciertos puntos del último concilio, no someternos sin reservas a una autoridad que, desde hace sesenta años, no ha dejado de demoler metódicamente lo que nuestros padres nos habían transmitido? Esa “ruptura”, no la hemos buscado nosotros. La sufrimos el día en que se nos quiso arrebatar la misa de San Pío V, el catecismo de siempre y la doctrina social de la Iglesia tal y como se ha enseñado durante diecinueve siglos. Monseñor Lefebvre no hizo más que negarse a firmar la sentencia de muerte de la Tradición. Una calificación canónica más no cambiará nada: éramos católicos ayer, lo somos hoy y lo seguiremos siendo mañana. No se pierde la fe del bautismo por decreto, y menos aún cuando no hemos cambiado ni una sola coma de la fe que profesamos.
Mientras se nos amenaza, se acoge todo y su contrario
Lo que llama la atención es el contraste. Por un lado, una firmeza inflexible hacia unos sacerdotes que solo piden una cosa: poder seguir celebrando la misa de siempre y transmitir el catecismo que la Iglesia ha enseñado durante siglos. Por otro lado, una benevolencia —o incluso un fomento— que nunca flaquea en cuanto se trata de abrir de par en par las puertas del Vaticano, ya sea para recibir con gran pompa a una “mujer obispa” anglicana, para multiplicar los gestos hacia el episcopado alemán comprometido con su revolución sinodal de conclusiones abiertamente heterodoxas, o para hacer la vista gorda ante la promoción, en ciertos círculos eclesiales, de prácticas y reivindicaciones que la moral católica siempre ha condenado sin ambigüedades, entre ellas la homosexualidad. ¿Y qué decir del episodio de las estatuas de la Pachamama, acogidas y objeto de culto en los jardines del Vaticano e incluso en una iglesia, sin que jamás se haya impuesto sanción alguna?
La “inclusividad” de la que tanto nos hablan se detiene, como por casualidad, exactamente donde comienza la fidelidad al rito antiguo. Las propias comunidades de Ecclesia Dei, a pesar de estar plenamente sometidas a Roma y al Concilio, saben bien de qué hablamos: se les niegan las ordenaciones según el rito tradicional cuando, a pocos kilómetros de allí, otras comunidades obtienen sin dificultad lo que a ellas se les niega arbitrariamente.
De todos modos, no queremos su “inclusividad”.
Que nos tachen de cismáticos si Roma lo considera oportuno: esa palabra no cambia en nada la realidad de las cosas.
Así pues, aunque esta asimetría salta a la vista de todos, en realidad es deseable; se convierte en la línea divisoria entre la Iglesia católica que mantiene la Fe de siempre y esa Iglesia conciliar que quiere excomulgarla mientras abraza a los enemigos del mundo con los brazos abiertos. Sí, yo, fiel católico, pido la excomunión de esta Iglesia conciliar y sinodal, a la que, de todos modos, no pertenezco y que lo pervierte todo, incluida la fe y las costumbres.
Seguiremos transmitiendo la misa de siempre, el catecismo de siempre, la fe de siempre. Ningún documento, por muy severo que sea, podrá hacer nada al respecto: no se puede decretar la extinción de lo que ha dado vida a la Iglesia durante dos mil años.
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